El mundo de los porqués y su camino hacia la Esperanza

¿Por qué? Es una pregunta que escuchamos repetidas veces en los niños pequeños, sobre todo cuando tienen 3 ó 4 años. 

 Y el gran reto para los padres es darles una respuesta que no suscite un nuevo por qué. Años después, en la adolescencia, regresa de nuevo la centralidad de esa pregunta. Pero en ese momento es para pedir cuentas de “las normas de los mayores”. Y aunque parece que no suscita nuevos porqués, con frecuencia el adolescente no acepta la respuesta, no se siente convencido por ese porqué.

Si salimos del ámbito de la educación y la pedagogía, esa pregunta es la que suscita, y sigue suscitando, el ansia de conocer, de entender mejor la creación que nos rodea, el macrouniverso de estrellas y planetas y el microuniverso de células, componentes bioquímicos y neuronales. ¿Por qué existe el día y la noche? ¿Por qué la lluvia? ¿Por qué cambia el clima? Las respuestas simples nos pueden cerrar la boca unos minutos, o unas horas; pero seguimos preguntándonos el porqué de tantas cosas que no entendemos, y que se nos escapan, incluso después de mucho estudio. ¿Por qué en la tierra se fueron dando tantas pequeñas “casualidades” que permitieron el desarrollo de la vida humana? ¿Por qué, en el ADN, la adenina se asocia con la timina, y la guanina con la citosina? Las cuatro bases nitrogenadas que componen la inmensa variedad del código genético.

El inmenso reino de los porqués nos lleva de la mano a una actitud, ya practicada por los pensadores griegos hace 25 siglos: la admiración. Admiración ante una grandeza y complejidad inabarcable, pero ordenada y hermosa. Admirar no es simplemente mirar, recibir impulsos visuales, sino mirar con un sentido, mirar hacia un fin. Mirar admirándose. Y el que no admira es un pasota o un prisionero de su pequeño mundo, de su pequeño egoísmo. El que no admiran, afirman algunos, está muerto. Sobrevive, o mejor dicho, malvive, sin ilusiones, proyectos ni ganas de vivir.

El que admira agradece, viendo cuánto ha recibido. Un universo cósmico admirablemente ordenado, en las grandes cosas y en las más pequeñas. Si el eje de la tierra, por ejemplo, se moviese un pequeño grado, los rayos del sol harían de la tierra un planeta gélido o con temperaturas demasiado elevadas para que se genere la vida. Pero tantos porqués, y sobre todo la imposibilidad de abarcarlos todos, nos pueden llegar a frustrar: queda tanto por conocer…

Hace pocos días celebramos a un gran santo, San Juan Pablo II. Viendo su infancia y juventud, podríamos afirmar que tuvo el caldo de cultivo perfecto para ser un amargado, un rebelde o un violento: huérfano de madre a los 9 años, y de padre a los 21; vivió la postguerra de la I Guerra Mundial, y con apenas 20 años la II Guerra Mundial; padeció bajo el absolutismo dictatorial del nacismo, y posteriormente del comunismo. Sin embargo, fue un personaje clave en la historia del Siglo XX.

Derrotó 70 años de feroz comunismo en gran parte de Europa, finalizó la guerra fría de occidente, y todo ello sin apenas derramamiento de sangre. Ciertamente, derramó la suya, y en abundancia, en el atentado que sufrió el 13 de mayo de 1981, en la Plaza de San Pedro. Nos transmitió la fuerza de un Amor, de un bien, que es capaz de vencer al mal, de salvarnos en lo exterior y en lo interior. “No tengáis miedo. Abrid, más aún, abrid de par en par las puertas a Cristo”. Esa es la esperanza que él nos transmitió. George Weigel, cuando escribió su biografía, la tituló precisamente: Testigo de Esperanza.

Llama la atención la insistencia de los últimos Papas en esta virtud de la esperanza. Juan Pablo II, y su biografía “Testigo de Esperanza”. Benedicto XVI y su documento Spes salvi. Francisco y su convocatoria del Jubileo de la Esperanza, además de titular su autobiografía también con esta misma virtud. ¿Estaremos tan necesitados de esta virtud teologal de la esperanza?

Si hay esperanza, y retomo la pregunta de los porqués, la admiración siempre será una admiración agradecida, sin lamentarnos por lo mucho que nos queda por conocer. Grandes sabios han dicho “yo sólo sé que no sé nada”, y habían estado toda la vida estudiando. Sabían muchas cosas, pero sabían que eran muchas más las que no conocían. El cristiano tiene la profunda convicción de que Aquel que sabe todo, el Dios Creador y Redentor, siempre nos cuida. Y en sus manos estamos seguros, siempre hay esperanza.