El “hijo – amazon”, un producto más que podemos comprar y devolver

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ForumLibertas. La gestación subrogada plantea profundas cuestiones sobre la dignidad humana, la vida y el riesgo de convertir al hijo en un producto sometido a las exigencias del mercado.

Una pareja de California (Estados Unidos) demandó a la madre que gestó a su hijo mediante un acuerdo de gestación subrogada por negarse a abortarlo. Alega que incumplió el contrato al no matar al bebé antes de su nacimiento”.

Recientemente se ha publicado esta noticia; no es la primera de este tipo, y me temo que tampoco será la última. Pone en evidencia, sin embargo, uno de tantos agujeros de esta práctica, llamada mercantilmente “gestación subrogada” o, dicho en lenguaje más claro, “vientre de alquiler”.

El sentido común se extraña demasiado rápido: la mujer que ha gestado al hijo, y que no ha querido quitarle la vida, termina como acusada, casi condenada, en un juicio. Y por no abortar, puede que tenga que pagar más de 100.000 dólares, una cuantiosa indemnización.

¿El mundo al revés? Aquella que no quiere matar a un inocente, más aún, a su hijo, al hijo que ha gestado durante meses, puede ser condenada casi como delincuente.

Algunos puritanos, amantes de la “estricta justicia legal”, pueden alegar que de por medio hay un contrato que la madre gestante debe cumplir. “El contrato dice que…” La argumentación me recuerda a los juicios de Núremberg. Muchos soldados alemanes, acusados como verdugos ante el holocausto nazi, dijeron algo semejante: “éramos soldados, y debíamos obedecer a nuestro jefe jerárquico”. El tribunal, con bastante sentido común, no aceptó dicha disculpa: la obediencia legítima a un superior, militar, profesional o del tipo que sea, nunca puede justificar la muerte de un inocente. Y ahí está la objeción de conciencia ante determinadas “leyes”, objeción reconocida como derecho en los ordenamientos jurídicos nacionales e internacionales.

Este hecho, y otros semejantes surgidos en el entorno de la maternidad subrogada, son claros ejemplos de hasta dónde podemos llegar cuando abrimos la puerta a violentar la dignidad humana.

Primero aceptamos una pequeña excepción, muy excepcional: solo en determinados casos, de matrimonios consolidados y graves problemas de fertilidad, podríamos admitir la “producción” de un niño mediante técnicas de reproducción asistida. Y poco a poco esa excepción se va agrandando y agrandando.

Y ya no se trata de problemas de fertilidad serios y estudiados (una mujer de 40 años es normal que tenga problemas para engendrar a su primer hijo; la biología es como es). Ni siquiera se trata de matrimonios consolidados, sino de parejas, o madres solteras, o parejas homosexuales. Si desean tener un hijo, se afirma, ¿por qué no recurrir a estas técnicas?

El salto de la fecundación in vitro a los vientres de alquiler es un roto más, una caída más en esta pendiente resbaladiza.

El hijo, cada vez más, es un producto (aunque digan que lo quieren mucho). Un producto – Amazon. Lo quieren, pero siempre que cumpla ciertas características; pocas al inicio, pero ese mínimo cada vez está más alto, es más exigente. Y como pasa en cualquier producción industrial, el proceso debe someterse, cada vez más, a estrictos controles de calidad.

No escribo esto para demonizar a los padres gestantes; no dudo de su buena intención. Pero en cualquier acto humano, sobre todo cuando está en juego la vida de otras personas, no es suficiente la buena intención. Deben evaluarse muchos más datos del acto para evitar el peligro de que la buena intención, el sentimiento emotivo, eclipse la seriedad de ciertas decisiones, sobre todo la de acabar con la vida de un inocente o manipular su salud presente y futura.

Es sabido, y ahí está la ciencia para corroborarlo, que estas manipulaciones multiplican peligrosamente el riesgo para la salud de estas personas, tanto de los embriones y niños “in vitro” como de las mujeres y hombres implicados en este proceso.

Recientemente escuchaba el testimonio de una madre que, mientras daba de comer a su pequeño, pensaba en los hermanos de ese bebé que había dejado congelados, o que se habían quedado por el camino. “Si me lo hubieran dicho antes…”

¿Cómo podemos revertir esta situación, este plano inclinado que nos empuja cada vez más velozmente hacia el abismo?

No hay una varita mágica, sobre todo porque está implicado lo más profundo del ser humano, su libertad. Además, sabemos que hay muchos intereses económicos detrás, y “poderoso caballero es don Dinero”. Ya lo reconocía explícitamente uno de los directores de Dator, uno de los establecimientos de abortos más conocidos en España. Este director, médico de profesión, hablando con el Dr. Jesús Poveda reconocía: No te puedes hacer idea de lo que se es capaz de hacer por dinero.

Ahí va una pincelada sobre lo que podemos hacer.
  1. Conocer la realidad y el abismo humano hacia el que nos dirigimos. El respeto a la dignidad humana cada vez tiene más excepciones, sobre todo ante los vulnerables. ¿Y luego os extraña que continúe creciendo el número de guerras y conflictos armados?
  2. Hablar de este drama. De lo que no se habla, nos olvidamos y terminamos creyendo que no existe.
  3. Amar la vida, y amarla como un gran don, siempre inmenso e inmerecido. Y ese amor a la vida incluye el amor a quienes sufren o han padecido este drama. Muchas madres por fecundación in vitro reconocen que detrás hay un gran negocio, un mercadeo con la fragilidad humana. Muchas mujeres que han abortado terminan lamentando, llorando su decisión. Y también estas víctimas necesitan ser amadas, acogidas, comprendidas. La verdadera justicia debe amar la verdad, pero también acoger misericordiosamente.