ReL. La filosofía no se pierde en abstracciones, ilumina la vida con tres pilares: la Verdad, el Bien y la Belleza.
los trascendentales de la metafisica explicados coloquialmente, desde la cocina
Durante estos últimos años hay una asignatura, un campo del saber, que parece que ha ido escondiéndose y ocultándose a pasos agigantados. Sigue existiendo la carrera universitaria, pero parece que es de otra época, que no está de moda. Se trata de la filosofía, del mundo del pensamiento y las humanidades. Para muchos parece algo abstracto, vacío, unas construcciones mentales que no aportan bienes productivos tangibles y mensurables. “Philosophia non dat panem”, decían los antiguos.
Sucede lo mismo que cuando el profesor de matemáticas nos explicó, hace ya algunos lustros o decenios, el teorema de Pitágoras: nos sirvió para aprobar aquel examen de matemáticas o física, pero más allá… ni nos va ni nos viene, no nos quita el sueño.
Sin embargo, la cima de la filosofía, del pensamiento que ha vertebrado nuestra cultura, es algo sencillo, cercano, cotidiano. Las claves, lo hemos oído alguna vez, se concentran en tres palabras Verdad, Bien y Belleza.
Santa Teresa de Jesús, una de esas grandes mujeres de Dios, pero sencilla y práctica, decía que “entre los pucheros anda el Señor”. De modo análogo podemos decir que entre los pucheros andan la filosofía, el pensamiento, la sabiduría. Iluminan no solo el pensamiento, sino también la vida, la vida en lo más concreto que tiene. La metafísica, las claves de la filosofía, también viven en la cocina.
- La verdad. La actividad en la cocina empieza por querer preparar un buen plato para comer, un cocido madrileño, una sopa castellana, o unos tacos al pastor, en las cocinas de allende el Atlántico. El primer paso, incluso para los más creativos, es buscar la receta, o al menos conocerla. El origen puede ser variado (los consejos de mi abuela, la receta compartida por un conocido o una buena página de internet). Pero necesitamos conocerla y saber que esa receta, de verdad, nos va a permitir conseguir esa comida. Hay una verdad en esos pasos que hay que seguir. Y si los seguimos llegaremos a buen término. ¿Qué diríamos de una receta falsa, que se nos plantea como camino para cocinar un cocido madrileño y su final es un pastel de pistacho? No tengo nada contra el pistacho, pero en este caso la receta está fuera de lugar.
- El bien. Esa comida, y ese modo de prepararla, es bueno, me aporta algo positivo. En el comer decimos que algo “está rico” porque nos enriquece de algún modo. Me da calor, calor físico y sobre todo “calor proteínico”, calorías, para que mi cuerpo pueda seguir funcionando. No como veneno, algo que va a acabar rápidamente con mi vida. Como algo que me aporta nutrientes. Incluso si como un pastel, o unos cuantos, es porque me gusta su dulzor, su sabor azucarado. Y en ciertos momentos la cabeza, con su conocimiento y su verdad, tiene que iluminar ese bien y colocarlo en su justa medida. El dulce es bueno, pero no en demasía. Ahí comienza un sano diálogo entre la verdad y el bien, sobre todo el bien inmediato. Conocer el bien no equivale a hacerlo, pero nos presta una gran ayuda a la hora de elegir entre distintos bienes, a la hora de ponderar, con la mente y el corazón, cada uno de esos bienes.
- La belleza. La receta que quiero hacer, que sé que es buena, me atrae, me empuja. Sueño con disfrutar de ese “sabroso sabor”, y eso me motiva a entrar en la cocina, a seguir los pasos de esa receta, con método pero también con paciencia. Y si el pastel se hornea durante media hora, espero con paciencia y controlo mi impaciencia. El tiempo manda, y también hay que saber esperar. En este mundo pragmático y utilitarista, centrado demasiado en la productividad, parece que podemos prescindir de la belleza. Sin embargo, ahí está el motor de nuestra vida, sobre todo de nuestro corazón. Tener cosas nos puede resultar muy atractivo, pero lo que de verdad nos atrae es poderlas disfrutar. Ahí está el verdadero motor. Y por eso el arte, el arte culinario, el arte pictórico, el arte escenográfico, nunca desaparecerá. Los hombres no comemos simplemente para poder seguir viviendo, para dar alimento a nuestro cuerpo. Comemos para disfrutar la comida. Y hacemos cosas, grandes o pequeñas, para disfrutar con esa actividad. La tecnología, por más que crezca y se perfeccione, nunca nos dominará, precisamente porque nuestro fin no es hacer sino disfrutar.
El camino de la vida no sigue muchas veces este orden (verdad, bien y belleza). Con mucha frecuencia empezamos al revés, experimentando el atractivo de saborear un buen cocido. Y paso a paso buscamos la verdadera receta y nos orientamos por la buena realización de la receta y la calidad de sus ingredientes. Pero siempre están presentes, como tres pilares básicos, esos principios: belleza, bien y verdad. Y no tiene mucho sentido ejecutar una receta que sabemos que es falsa o que privilegia un bien inmediato, como puede ser un destello de bienestar, eclipsando el bien verdadero de la vida y el amor.
