ReL. La historia es maestra de la vida, magistra vitae. Siempre se ha dicho. Y si esa historia es cercana, sencilla, frecuente, «normal» su maestría se multiplica por cien. Es como un muy buen profesor, que hasta es capaz de hacernos accesible los enigmas de la trigonometría o la química molecular.
Así podemos describir la vida de Soledad Pérez de Ayala. Sole, que así le llamaban todos, fue una mujer normal. Estudiante y universitaria primero, y años después madre de familia, profesora universitaria, investigadora, y sobre todo cristiana y consagrada a María en la Congregación Mariana Mater Salvatoris. Madrileña de nacimiento y de vida, y santa al estilo del patrón de Madrid, San Isidro: un santo sencillo, pero que vivió lo ordinario, su trabajo en el campo y su vida de servicio, de modo extraordinario.
Hace pocos meses se publicó su biografía: Un padrenuestro que se las trae. Una biografía un tanto peculiar. Escrita por el P. Manuel Iglesias y Clara Martínez, está llena de recuerdos y retazos de muchos «pequeños autores» que convivieron con Sole: familia, amigos, compañeros de trabajo y de vida cristiana, testigos de su paso extraordinario por este mundo. Un padrenuestro experiencial, recitado por Sole durante sus 45 años de edad, y que cobró especial intensidad los últimos años de su vida en esta tierra.
Su hermana María, cercana por edad y por sintonía, recuerda la vida de Sole como algo «normal», corriente, aunque ella misma reconoce que «normal normal… Bueno, no tan normal». Una normalidad hecha a base de cosas ordinarias vividas de modo extraordinario. Una vida sencilla, sin ruido, sin luces ni miles de seguidores (estaban empezando las redes sociales, las cosas como son).
La sencillez que José Luis Martín Descalzo resumía diciendo que «La hierba crece de noche», pero cuando miras atrás, a los años pasados, ves que ha crecido, y que esa hierba, esa vida, no ha sido indiferente para muchos. Una vida que ha influido mucho, aunque no tenga el título de influencer. Ha influido en su familia y amigos, algo normal, pero también ha influido en sus alumnos, algo mucho más llamativo. Gran número de sus alumnos, estudiantes de filología inglesa, recuerdan sus clases con gusto, con la alegría de salir mejor de como la empezaron. Una clase ilusionante, que en el día a día de la universidad no es tan frecuente.
Sus hermanos y conocidos recuerdan la clara conciencia que tenía Sole de vivir para servir a los demás. Simplemente. Servir a los demás en la Universidad, en la familia, en su grupo de vida cristiana (la Congregación Mariana del Mater Salvatoris)… Una vida volcada en el servicio, bajo dos claves, dos hilos que atravesaron su existencia: El primero la sonrisa, expresión de la alegría del corazón. Y el segundo su esperanza, lo que algunos, pobremente, llamarían optimismo.
El optimismo es una especie de sentimiento positivo, tan fugaz como cualquier sentimiento, bueno o malo. Puede ser de ayuda, incluso de empujón para caminar en la fe, pero no deja de ser un sentimiento que va y viene. Cuando tienes cuarentaypocos años, y un cáncer de pecho galopante con un mal pronóstico, el sentimiento optimista se tambalea mucho. Sólo puede mantenerte la esperanza, la verdadera esperanza cimentada en Aquel que todo lo puede. Y solo así cobra vida la frase que da título a este artículo: «nuestra peli tiene un happy end«.
Sole recordaba con frecuencia esta frase, estando bien y estando mal. La enfermedad le fue robando la vida externa, las actividades investigadoras y profesionales, la participación en reuniones de amigos y vida familiar. Pero a la vez le fue ampliando el tamaño de su corazón, el amor que brotaba de él y se hacía servicio y sonrisa para quienes estaban a su alrededor. Y sus familiares reconocen la sorpresa de tantos testimonios y recuerdos de su vida cristiana. Parecía una más, pero una con el poder que Dios da a sus elegidos cuando se prestan a ser buenos instrumentos en manos del Alfarero.
