ReL. Hizo un MBA de la época y sus prácticas como retórico y abogado.
Si hay un Dios, un Ser perfecto, debe ser bueno y poderoso; pero constatamos que existe el mal en el mundo.
En muchas ocasiones conocemos y admiramos a los santos cuando ya son santos, o sea, cuando se han convertido y viven heroicamente su entrega a Cristo y a la Iglesia. Nos parecen alguien «demasiado grandes», demasiado lejanos de nuestro tiempo. San Agustín, sin embargo, rompe estos clichés, y nos muestra que está más cerca del siglo XXI de lo que parece, aunque murió hace casi 16 siglos.
Hijo de Patricio y Mónica, su familia era tristemente común en esa época, y en otras tantas: un padre vividor y bebedor, y una madre sufrida, silenciosa y entregada a sus hijos, una santa. En su juventud fue semejante a los jóvenes que vemos hoy a nuestro alrededor, con sus luces y sus sombras. Estudió retórica, la carrera de moda en su epoca. Y en los lugares de moda en el siglo IV: Roma y Cartago. Hizo un MBA de la época y sus prácticas como retórico y abogado.
En su trabajo no le interesaba mucho la verdad del hecho; ni siquiera la persona que le pagaba. Podía defender una cosa o su contraria; todo dependía de la oferta económica del contratante. Esa era la esencia de la retórica, en esa época y también en nuestro siglo. Ciertamente, eso se llama demagogia y no retórica, pero a veces las palabras importan poco.
Después de un gran éxito como «abogado» (más como demagogo que como abogado honesto) sintió que le faltaba algo. Y buscó en la filosofía, en el pensamiento; en el esoterismo y el mundo de las energías, podríamos decir traduciendo sus intereses al siglo XXI. Quería entender las cosas, todo, y hay cosas que no se pueden analizar bajo un microscopio. Aunque este aparato tardaría siglos en aparecer.
Una de las filosofías de su época, creo que también de nuestro tiempo, era el maniqueísmo. La realidad es buena o mala, simplemente, y todo se soluciona con un perfecto dualismo. El cuerpo, la carne, es mala, y el espíritu es bueno. La identidad personal, subjetiva, es buena, y si la realidad biológica dice otra cosa, la biología es mala; es una consecuencia del mismo maniqueísmo, pero firmada por la actual ideología de género, que Agustín, en ese momento, podría haber defendido.
Como en su época, es más fácil simplificar la realidad. Creemos que, como entendemos las cosas, somos de una clase superior. Usamos la Inteligencia Artificial, pero olvidamos que el mundo es complejo, lleno de matices. Y con frecuencia esos matices, que no tienen explicaciones físico químicas, cambian totalmente la naturaleza de nuestra sociedad.
En esa superioridad intelectual Agustín se encontró con un problema, un problema que atraviesa toda la historia del pensamiento. Si hay un Dios, un Ser perfecto, debe ser bueno y poderoso; pero constatamos que existe el mal en el mundo. El dualismo simplista no nos satisface, y la pregunta existencial sigue latiendo, día a día, mes a mes, año a año. ¿Por qué existe el mal?
Los jóvenes, ya crecidos, se lo preguntaron ante las Guerras Mundiales, ante los terribles campos de concentración. Y los jóvenes actuales se lo siguen preguntando ante tantas desgracias que nos rodean, catástrofes naturales, maldad del hombre, corrupción, desgobierno. Hace años escuché a un locutor de radio una constatación evidente: «El mal existe». Nos guste o no, el mal existe, nos aprisiona, y no somos «el buen salvaje» que pretendía la Ilustración.
Agustín explicó, desde el mundo de la filosofía, que el mal no es, no tiene ser, es ausencia de bien. Pero esa explicación no nos satisface existencialmente. Con la luz de la fe Agustín entendió que ese mal, el mal verdadero, viene de nuestra tendencia egoísta, de lo que la Tradición de la Iglesia, e incluso el sentido común, ha llamado «pecado original». Nuestro corazón es bueno, ha sido creado por Dios. Pero tiene una inclinación al mal, al egoísmo. El mismo Agustín, constatando su tendencia a la lujuria, pedía al Señor: «Concédeme la castidad y la continencia, pero aún no».
Era consciente, en primera persona, de esa lucha que se traba en el corazón de todo hombre, el del siglo quinto, el del siglo XV o el del siglo XXI. Ya convertido, debatió ampliamente con dos tendencias rigoristas de la época, los donatistas y los pelagianos. Los primeros no aceptaban la debilidad de quienes, presionados por las persecuciones o el ambiente, habían renegado de la fe católica, los «lapsi». Los segundos confiaban demasiado en los propios méritos, que les «capacitaban», les daban derecho a considerarse santos.
San Agustín conocía las heridas de su corazón, del corazón de entonces y del corazón de nuestro siglo. Y afirmaba la gratuidad de la gracia y la misericordia. Gracia y misericordia entonces, y gracia y misericordia en tantos ambientes eclesiales. Esa gracia salva las heridas del siglo V, y las heridas del siglo XXI. Retomando la sabiduría del Qoelet, «nada nuevo hay bajo el sol».
He aquí una breve reseña de San Agustín, que pasó del dualismo maniqueo a los dos caminos que se presentan ante el hombre de ayer y de hoy: Dos amores fundaron,dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial. La primera se gloría en sí misma, y la segunda, en Dios, porque aquélla busca la gloria de los hombres, y ésta tiene por máxima gloria a Dios.
