ReL. Del «Renacimiento» al «Occidente posmoderno», los nombres de nuestra civilización cambiaron hasta borrar la Cristiandad de la memoria colectiva
“En la precisión del vocabulario estriba la salud de su discurso”: con estas palabras, el filósofo Romano Amerio hace mucho más que introducir su obra más destacada, Iota Unum. Con ellas, también sintetiza una máxima que quienes modelan la realidad a través del lenguaje han sabido explotar hasta la extenuación de la verdad. Desde la Leyenda Negra hasta la actual “batalla por el relato”, son muchos los que, bajo el aforismo de “quien nomina, domina”, saben que quien bautiza las palabras también puede o bien colonizar la mente, o bien evangelizar las almas.
No es lo mismo hablar de Reforma que de Ruptura protestante. Ni hablar de Edad Media que de Cristiandad, ni de Europa que de Occidente, ni de provincias que de colonias, por mencionar solo algunos ejemplos.
La del lenguaje es una batalla titánica con siglos de antigüedad, pero con consecuencias determinantes en el presente. Si la verdad es la “adecuación del intelecto a la cosa” -aplicable al término Cristiandad-, la posverdad es lo contrario, la distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones para influir en la opinión pública -lo que sucede con Edad Media-.
Según ambas definiciones, el primer término de Cristiandad describe el tiempo y naciones en que, de forma simultánea, regían la cosmovisión cristiana y el Evangelio. El segundo interpreta el significado -incluso lo distorsiona-, reduciendo una civilización milenaria a una mera bisagra entre dos periodos. Pero, por paradójico que resulte, el término Edad Media, más pobre lingüísticamente y mucho más vacío de contenido, ha sido el indiscutible vencedor en el imaginario colectivo. Una derrota icónica en la batalla por la verdad de los términos, cuya historia ofrece una poderosa lección sobre la importancia de la precisión del vocabulario.
Cuando «volver a nacer» supone condenar lo anterior
Uno de los términos que mejor plasma dicha pugna por el lenguaje es el de Renacimiento, introducido y popularizado por el humanista Giorgio Vasari en su conocida obra Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores desde Cimabue a nuestros tiempos, publicada en Florencia en 1550.
En ella se observa la concepción esencialmente negativa del periodo comprendido entre la Antigüedad y su acuñado Renacimiento:
“Los hombres que llegaron después [de la caída de Roma], toscos y sin educación, y sobre todo en pintura y escultura […] se entregaron a hacer no según las reglas de las mencionadas artes, que no conocían, sino según la cualidad de sus propios ingenios”.
Vasari sería el responsable de extender la idea de que, desde la caída de Roma en el 476, no habría prácticamente nada de valor civilizatorio en el arte y la cultura hasta la llegada de Cimabue.
“Cuando el infinito diluvio de males que postraba y ahogaba a la desdichada Italia […] había causado la desaparición de todos los artistas, quiso Dios que naciera en la ciudad de Florencia en el año 1240, para dar las primeras luces al arte de la pintura, Giovanni, de apellido Cimabue”.
Sería precisamente Cimabue a quien Vasari convertiría en uno de los grandes responsables del llamado “Renacimiento”, término que bautiza durante su recuerdo de Homero:
“Pero, dejando de lado esta parte demasiado incierta debido a su antigüedad, pasemos a las cosas más claras y a hablar de su realización, destrucción y restauración, y, por decirlo mejor, renacimiento”.Giorgio Vasari
Petrarca y la invención de lo intermedio
Vasari no parece mencionar explícitamente el término de “Edad Media” o sus similares como Edad oscura, pero sí sienta las bases de una lectura profundamente negativa de la Cristiandad que llevará a sus sucesores a considerar al Medioevo con entidad propia.
Uno de los más destacados de estos últimos sería el conocido poeta italiano Francesco Petrarca, que ya en sus Epistolae familiares se refiere al lapso entre Roma y su presente:
“Nuestra conversación trataba mucho de historia, la cual parecía que nos la habíamos repartido, de tal manera que tú eras más experto en la nueva y yo en la antigua”.Francesco Petrarca
Edad Media: “Lo de en medio, tinieblas y basura”
Al margen de otras sombras negrolegendarias de Petrarca, no se puede obviar la tenebrosa comparación que hizo con el citado periodo en su poema África:
“Podrán tal vez, pasadas las tinieblas, volver nuestros lejanos descendientes al puro resplandor del siglo antiguo. Verás entonces cómo reverdece Helicón con renuevos, cómo tornan a poblarse, sagrados, los laureles; resurgirán entonces los ingenios, los ánimos despiertos, eminentes, en quienes brotará el ardor de antaño por la pasión honesta de las Piérides”.
Más tarde, en sus Epistolae metricae, llegará a afirmar “que hubo, y a lo mejor volverá todavía, una edad más dichosa. Lo de en medio es basura”.
El sacerdote Alfredo Sáenz aporta un sutil matiz que marca la diferencia, y es que en la llamada Edad Media ya se conocían y admiraban los tiempos clásicos. “La diferencia es que aquéllos iniciaron un movimiento de retorno a la antigüedad «pagana», mientras que los medievales la asumieron releyéndola a la luz del cristianismo”. El mismo Belloc dedicará una de sus obras más icónicas en demostrar que, en este periodo, “despertaron las letras y la filosofía, brotaron las artes plásticas, el color y la piedra, retornó en pleno la sátira, y los largos viajes, y la contemplación”.
Cristiandad, más que un adjetivo, una civilización
Uno de los más sintéticos alegatos de la Cristiandad -en el significado y en el término- lo lleva a cabo el mismo Sáenz en una de sus obras más conocidas, La Cristiandad, una realidad histórica.
A lo largo de sus páginas, el argentino desarrolla la rica historia del término “Cristiandad” que, si bien comienza a emplearse en sus distintas acepciones ya desde el siglo IV –Christianitas–, no será hasta finales del siglo IX cuando cobre todo su sentido terminológico de civilización.
Explica que apareció por primera vez -“con el sentido que hoy le damos”- cuando el Papa Juan VIII apeló a la conciencia comunitaria de los cristianos “ante peligros cada vez más graves y acuciantes”, en relación a los graves saqueos y profanaciones sarracenas que llegaron hasta San Pedro y San Pablo.
Hasta entonces, el término había sido empleado para referirse a la “doctrina cristiana” o al hecho de ser cristiano, pero desde el siglo IX adquiriría también un sentido de comunidad temporal.
Lo explica Sáenz:
“Desde entonces se habló de «la Cristiandad», de los peligros que se cernían sobre ella y de las empresas que alentaba. Gregorio VII introdujo la idea de que la Cristiandad decía relación a determinado territorio en que vivían los cristianos, de modo que había Cristiandad allí donde se reconocía públicamente el Evangelio. Urbano II, al convocar la Cruzada, entendió que unificaba a la Cristiandad en una gran empresa común, orientándola hacia un fin heroico. Pero fue sobre todo Inocencio III quien llevó la idea de Cristiandad a su culminación, al tratar de convertirla en el sinónimo de una suerte de Naciones Unidas, sobre la base del reconocimiento de una misma doctrina y una misma moral”.
Buscando ofrecer una definición que diferencie la Cristiandad del más genérico Cristianismo, el sacerdote expresa que mientras este último es más relativo a la vida personal y doctrina del cristiano, la Cristiandad se refiere de forma más amplia al orden temporal:
“Es el conjunto de los pueblos que se proponen vivir formalmente de acuerdo con las leyes del Evangelio de que es depositaria la Iglesia. O, en otras palabras, cuando las naciones, en su vida interna y en sus mutuas relaciones, se conforman con la doctrina del Evangelio, enseñada por el Magisterio, en la economía, la política, la moral, el arte, la legislación, tendremos un concierto de pueblos cristianos, o sea una Cristiandad”.

Portada de Europa y la Fe, obra de Hilaire Belloc sobre la relación entre la Iglesia católica, Europa y la formación de la civilización occidental..El Buey Mudo.
La «Nueva Cristiandad»: ¿Renovación o sustitución?
Paradójicamente, algunos de los pensadores que más contribuyeron a transformar el concepto clásico de Cristiandad no fueron sus enemigos declarados, sino autores que conservaron el término mientras modificaban profundamente su significado histórico.
El caso paradigmático es Jacques Maritain, quien con su “Nueva Cristiandad” mantuvo la palabra, pero proponiendo abandonar el ideal histórico medieval que durante siglos había quedado asociado al término. Para muchos críticos, esa Nueva Cristiandad no suponía una renovación de la Cristiandad medieval, sino su sustitución.
Según el propio Maritain, “no hay más que una Iglesia”, pero “puede haber civilizaciones cristianas, cristiandades diversas”. La consecuencia era decisiva: si podía haber diversas cristiandades, la medieval dejaba de aparecer como modelo normativo para convertirse en una realización histórica entre otras posibles.
De ahí su rechazo del ideal del Sacro Imperio. En Del régimen temporal y de la libertad (Religión y Cultura, II), Maritain llegó a afirmar:
“El Sacro Imperio ha sido liquidado de hecho, primero por los tratados de Westfalia, finalmente por Napoleón. Pero subsiste todavía en la imaginación como un ideal retrospectivo. Ahora nos toca a nosotros liquidar ese ideal”.
Para Maritain, la nueva cristiandad debía ser un régimen temporal cristiano distinto del medieval: una “concepción cristiana profana y no cristiana sacra de lo temporal”, en la que “la unidad temporal no requiere de por sí la unidad de fe y de religión” y cuyo modelo sería el de un “Estado laico cristiano o de Estado laico cristianamente constituido”.
El filósofo explicita las diferencias entre la Cristiandad y su Nueva Cristiandad abordando esta como «una especie de diáspora cristiana», como «una cristiandad no agrupada y reunida en un cuerpo de civilización homogénea, sino esparcida por toda la superficie del globo, formando como una red de focos de vida cristiana diseminados por las naciones«.

El filósofo Jacques Maritain.Canva.
Europa: de la geografía griega a la identidad cristiana
Otro de los grandes términos que entran en el debate es el de Europa, que se emplea en muchos casos como un sinónimo del anterior o también de Occidente.
Filólogos e historiadores parecen coincidir en que será el Himno homérico a Apolo uno de los primeros documentos que registre el término: “Los hombres que llevaran hecatombes a Apolo, que habitan el Peloponeso, Europa y las islas”. Otro griego de renombre universal, Heródoto de Halicarnaso, hará mención del término en Los nueve libros de la Historia, con una connotación esencialmente mitológica y geográfica.
Curiosamente, uno de los documentos que comenzará a proyectar una dimensión identitaria sobre Europa será fraguado en la propia España. Concretamente en la lucha de los “europenses” contra el islam que se describe en la Crónica Mozárabe del 754, la misma que lamenta la pérdida de España y que, por tanto, reconoce la existencia de la misma antes de la invasión.
En ella se lee:
Et exurgentes e uagina sua diluculo prospiciunt Europenses Arabum temtoria ordinata et tabernacula eorum ut fuerant castra locata;
Por la mañana, saliendo de sus habitáculos al amanecer, los europeos divisan las tiendas árabes dispuestas ordenadamente y sus tabernáculos tal como había sido colocado el campamento.
El término Europa está sujeto a una encarnizada pugna interpretativa. Mientras que algunos lo ensalzan como símbolo de unas raíces exclusivamente paganas, pensadores como el francés Hilaire Belloc dedicarán ríos de tinta a argumentar por qué “Europa y la Iglesia fueron y son una sola cosa”, empleando como equivalentes e inseparables los términos de fe y Europa.
En una línea semejante, pero con un matiz decisivo, Blas Piñar rechazaba confundir sin más Europa y Cristiandad, oponiendo lo concreto del primer término y lo universal del segundo. “No es que deba confundirse Europa con Cristiandad”, afirmaba, “porque ello sería tanto como anclar el cristianismo, privándole de su vocación universal, sino de entender que el cristianismo se encarnó de algún modo en Europa, para tomar de ella lo que precisaba, a fin de dar cumplimiento a esa vocación”.
Algo similar desarrollará el medievalista benedictino Santiago Cantera en su famoso La crisis de Occidente. Orígenes, actualidad y futuro.
¿Qué es y qué no es Europa? El monje considera que, incluso a pesar de que se pueda hablar de dos Europas, la Occidental romano-germánica y la Oriental bizantino-eslava, se dan “cuatro elementos tan fusionados entre sí que, si se elimina uno, nos quedamos con una idea falsa de Europa: la esencia de Europa es la integración profunda de helenismo, romanismo, germanismo y cristianismo”.
¿Se puede emplear como sinónimo Europa y Cristiandad? De hecho, lo sugiere el mismo Cantera al explicar que “de estos cuatro elementos, el que más esencialmente define la civilización europea es el cristianismo, porque es el que, bajo su aliento espiritual, une en perfecta armazón los otros tres y configura un conjunto armónico. Por eso existió durante siglos esa identificación de Europa y Cristiandad. Europa no puede no ser cristiana, porque si no, ya no será Europa. Será otra cosa, quizá otra civilización, muy posiblemente decadente, pero nunca podremos decir que eso es, en sentido propio, Europa”.

Santiago Cantera, conversando con Religión en Libertad sobre su obra «Luces de la Hispanidad».
Occidente: ¿herencia o sustitución?
Si Cristiandad describe una comunidad político-espiritual, y Europa su plasmación material y concreta, la gran cuestión que muchos siguen preguntándose hoy es la del mucho más difuso término de Occidente. Un término desarrollado en el contexto de la progresiva fragmentación religiosa de Europa, la aparición del Estado moderno y la posterior hegemonía anglosajona, que fueron desplazando la noción de Cristiandad. Europa siguió existiendo, pero cada vez más reinterpretada desde categorías políticas, económicas y geoestratégicas y cada vez más alejadas de la raíz fundacional.
Se trata de un concepto que se remonta al siglo XVI para referirse a las sociedades políticas localizadas en la zona más occidental de la masa continental de Eurasia, viendo algunos autores un nacimiento coetáneo al protestantismo y las tesis de Wittenberg de 1517 como su máxima expresión.

Samuel P. Huntington, uno de los grandes arquitectos teóricos del Occidente contemporáneo, define este último como una civilización marcada por la herencia clásica, el cristianismo occidental, las lenguas europeas, el pluralismo social, el Estado de derecho, la democracia representativa y, en su desarrollo contemporáneo, el capitalismo y la economía de mercado.
En esa formulación contemporánea, el peso de Estados Unidos y del mundo anglosajón desplaza inevitablemente el centro de gravedad del antiguo mundo católico europeo. En palabras del mismo Huntington en El choque de civilizaciones, “sin los Estados Unidos, Occidente se convierte en una parte minúscula y decreciente de la población del mundo”.
Todo ello habría llevado a no pocos pensadores a afirmar que la concepción del Occidente posmoderno y actual no solo sería “la negación de la catolicidad”, sino también, y por tanto, un concepto enormemente determinado por el bloque protestante. En resumen, según esta concepción, el término de Occidente implicaría una ruptura prácticamente total con la Cristiandad.

El falso Occidente y la batalla por la herencia
Dicha consideración no es ecuánime. Una interpretación más matizada sería la de referirse a Occidente como la herencia de la Cristiandad. Así opinan autores como el sacerdote Samuele Cecotti.
En su artículo Sobre el significado de Occidente. Angloesfera, Rusia, Cristiandad, Cecotti acude a las raíces del término y equipara Occidente con Europa y estos con el de Civilización cristiana, de modo que el actual Occidente contemporáneo surgido de la Revolución protestante no sería otra cosa que una suerte de “anti-Occidente”.
Así se comprenden mejor las últimas declaraciones del argentino Marcelo Gullo, cuando afirma que “lo que hoy se llama Occidente es en realidad un falso Occidente”. Para estos, Occidente es la herencia de la catolicidad.
Bajo este prisma, Cecotti comprendería Occidente como “la civilización cristiana nacida del encuentro entre el clasicismo grecorromano y el Evangelio”. Un encuentro, dice, “favorecido de forma extraordinaria por el monaquismo, que sintetizó el Evangelio, la latinitas y la germanitas en una única y distintiva realidad histórica. La civilización surgida de esta síntesis trasciende las fronteras geográficas, porque su centro no es geométrico, sino divino (Jesucristo)”
Nombrar una civilización, decidir su destino
El debate no consiste solo en escoger entre palabras más o menos elegantes, sino en advertir qué mundo presupone cada una.
El largo periplo terminológico que lleva desde la Cristiandad hasta el Renacimiento, desde Europa hasta el Occidente contemporáneo, muestra que las palabras y nombres nunca son inocentes. Como demuestra Cecotti, uno u otro término puede ser adecuado siempre que se contextualice. El problema aparece cuando una palabra deja de describir una realidad para sustituirla por otra. No se trata de proscribir términos consagrados por el uso, sino de recordar que ninguno de ellos es inocente cuando conlleva una interpretación completa de la historia.
En la Modernidad contemporánea, toda palabra es susceptible de convertirse en trinchera de una batalla que trasciende lo meramente cultural. Y emplear un término u otro puede ser, en un momento dado, una toma de partido por una concepción civilizatoria o por su opuesta.
Quizá la cuestión no sea tanto si un término es más o menos preciso que otro, sino advertir que, si una civilización cambia el nombre con el que se piensa a sí misma, termina por dejar de existir y mutar en el nombre que otros, quizá con no buenas intenciones, pensaron para ella.
